miércoles, 2 de septiembre de 2015

RECORDANDO A
DON CHEPE FUENTES

Artículo publicado en la Revista Musunce No. 12, año 2008, 
por el historiador somoteño don Armando Nuñez



Al  hablar sobre música, y los representantes de ese arte en nuestro pueblo, salta a la vista lógicamente, la figura de José Fuentes Salazar, conocido como CHEPE FUENTES, popular en nuestro medio por su entrega y pasión a ese don que el Creador le concedió:  la música.

Nacido un 19 de Marzo de 1918, del matrimonio formado por don Teodoro Fuentes, originario de un lugar llamado La Alianza, en Nacaome, república de Honduras; y de Susana Salazar, vecina de esta ciudad. Del matrimonio que eran cuatro hermanos, fallecieron dos, siendo niños, Arnoldo y Susana; quedando solamente Estela y José.
Desde muy joven aprendió la zapatería, el oficio de su padre, además que ayudaba a éste en las labores agrícolas en una propiedad  que poseía de nombre Zaragoza. Hacia los años 50´s, laboró, por un espacio de 7 años,  en el departamento de carreteras donde estaba a cargo de las herramientas.
En la zapatería se elaboraban zapatos de toda clase, desde finos a los famosos Zapatos Burros, que eran los que usaban los campesinos, dada su fortaleza y durabilidad. De los zapateros que laboraban con su padre, recuerda a Tobías Ramírez, Lila Rodríguez, José Octavio Salazar, Ramiro Turcios y otros. Otro zapatero que recuerda de entonces era don Polo Corrales.
En el año 1961, fue nombrado Cónsul Honorario de la república de Honduras, en esta ciudad, cargo que desempeñó por tres años.
En el ramo de la música aprendió primero a tocar guitarra, con lo que se hizo serenatero, luego en la escuela de don Quintín Morales, tocaba el trombón, aprendió el solfeo en su clave de Fa y Sol, al lado de Tomás Ruiz y Juan Fajardo, con los que amenizaba acompañando a los recordados don Chico Ponce y Roberto Valladárez. Entre los músicos que recuerda están don Tulio Aldana de Ocotal, Ramón Ruiz, don Lupe Ponce, Dolores Torres, los hermanos Peralta, Mercho Pérez, César Bustillo y otros.
Nos dice que el coro de la iglesia, entonces formado por don Ramón Ruiz, estaba compuesto por Carlota Tercero, Polita Umanzor, acompañados con el armonio ejecutado por Merceditas Ríos, también lo formaban las hermanas Fiallos, las hermanas Ordóñez, Laurita Guillén y su hermana.
El padre Chavarría formó un cuarteto donde participaban las hermanas Ordóñez, en esta escuela aprendieron música doña Guisela y doña Pinita Huete, excelentes ejecutoras del piano.
De sus recuerdos del Somoto de antaño, recuerda que, por ejemplo, las calles del pueblo a falta de luz eléctrica,  se iluminaban con ocotes y buruscas encendidas.
Los profesores de entonces eran don Ramón Ruiz, Nando Roque, don Víctor Talavera; el local donde funcionaba la escuela es donde ahora opera la Alcaldía Municipal; otro local fue donde hoy vive don Germán Alfaro.
Estudió música con don Quintín Morales, éste tenía un equipo formado por don Arnoldo Castellón, Germán Alfaro, Roberto Valladárez, Luis Sandoval (El Tico), Julián Díaz, Félix Pedro Peralta, que era hijo del famoso músico Pastor Peralta(Pituncho).
Cuando decidió formar su agrupación, la Tulita Baca le ayudó a comprar una guitarra eléctrica que le costó C$ 2,000, ya que anteriormente tocaba con una guitarra de madera, organizó el conjunto con el nombre de  Los Murmullos del Coco, recordando aquel grupo que había creado Carlos Mejía Fajardo (El Chas Mejía), integrado entre otros por José Aguilera, Moncho Morales, José María González (Chemalín),Chico Ponce, Marcial Díaz, estos amenizaban con marimba.

Su agrupación la formó con Toño Medina y Gladys Herrera, cantantes; El Tico en el saxofón y clarinete; Oscarito Fernández en la batería y José Tomás Amador con el acordeón.
Después de los Murmullos del Coco, formó la agrupación que se llamó Los Vampiros, equipados con 3 guitarras eléctricas, un bajo y un órgano. Estos equipos eran adquiridos con su propio dinero y esfuerzo, ya que como dueño de la agrupación, asumía todos los gastos que ella exigía.
Tuvieron muy buena acogida tanto en Somoto como en las ciudades vecinas, tomando en cuenta que en esos tiempos las fiestas eran amenizadas con grupos musicales, no existían las Discomóvil, de gran aceptación ahora.
Luego de esto, cambiaron el nombre por Blue Star y posteriormente Los Jolesman, este nombre era así porque representaba las iniciales de los nombres de cada uno de sus integrantes.
Otros músicos que acompañaron a don Chepe Fuentes eran Raúl Hernández, Gladys Herrera, Ramón Loáisiga, Edwin Artola (Tololo), Nelson Ramírez (Cumba de Leche), Oscar Blanco y otros.
Dice sentir satisfacciones de su andar por la música, ha tenido agradecimientos de las personas que formó como músicos, y de las organizaciones que ayudó.


En esta ciudad la organización de artistas somoteños lleva su nombre, algo que agradece personalmente; anteriormente le habían otorgado reconocimientos como el de 1998 que se le dedicó el VII Festival de canción romántica “Chas Mejía” y en el 2003, la Alcaldía Municipal le otorgó un reconocimiento por su aporte al desarrollo socio-cultural de nuestro municipio.
Sirva esta breve reseña como un homenaje muy merecido, aunque sencillo, de parte de la Revista MUSUNCE y del pueblo somoteño, lleno de sinceridad y cariño, a este hombre que llenó de gratas emociones a través de su música a todos nosotros, además de que hacemos patente el reconocimiento que le tenemos a don Chepe Fuentes, un hombre entregado al arte musical y al servicio de su comunidad.
Lógicamente nos faltan datos, fechas, nombres y otros; pero pedimos disculpas por estas omisiones involuntarias, debido a que el tiempo nos lo robó en el recuerdo, pero valen los sentimientos que tenemos a don Chepe, impregnados de respeto y admiración a su obra artística en pro de su Somoto natal.

lunes, 31 de agosto de 2015

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domingo, 30 de agosto de 2015

NUESTRO RIO MUSUNCE, 
UN CAUDAL DE HISTORIAS Y DE LEYENDAS


Artículo publicado la nuestra primera edición de la Revista MUSUNCE, 
                   correspondiente al mes de Mayo del 2007, escrito por Don Armando Núñez.
 
Dice una vieja leyenda que se ha trasmitido de  generación en generación, desde el tiempo de nuestros ancestros, que nuestra bella montaña Tepesomot (cerro de agua) tiene en su interior un enorme lago en donde habita una gran serpiente y que está amarrada con tres cabellos de la Virgen; que cuando los habitantes de Tepesomot de entonces se portaban mal, la serpiente se encolerizaba haciendo esfuerzos por soltarse, habiendo logrado ya por los años de 1900 reventar dos cabellos, por lo cual solo está sostenida por un cabello y que al reventar este último, la montaña estallará en agua e inundará las poblaciones aledañas, siendo la más perjudicada la ciudad de Somoto, ya que en sus orígenes fue una inmensa laguna.
                Esta bella montaña de la que nos habla la leyenda y que adorna por el sur el paisaje de nuestra ciudad, en tiempos de nuestros ancestros manaba agua por todos sus lados, y aún por la década del ´40 se le notaba un hermoso salto en su cima, que en los dias soleados del verano brillaba nítido e imponente al reflejo del sol, en medio de la verde espesura de su floresta, compuesta  para ese tiempo de robledales, encinos, icacos y una extensa variedad de flora, hoy desaparecida en su mayoría, ya por el fuego o el machete,  del mayor depredador de todo lo bello y bueno que la naturaleza nos regaló: EL HOMBRE.

                Nacían en la cara que da a Somoto, dos fuentes de agua de importancia, la primera en la parte de la Finca La Ilusión, que perteneció hasta el ´42 aproximadamente, al ciudadano alemán Francisco Sirque, al que le fue confiscada aprovechando la Segunda  Guerra Mundial; ahora esta propiedad pertenece a Don Armando Irías; allí nacía la primera fuente de agua, la que bajando de esas alturas pasaba  por El Rodeo, Quebrada de Agua, Santa Isabel hasta llegar a Aguas calientes por Santa Rosa.
                La segunda fuente acuífera, nacía siempre en la laderas de la montaña, un poco más abajo en el lugar llamado El Zapote, corriendo de sur a norte, bajando por Los Placeres formaba la poza de Las Lorenzas, estas eran dos rocas grandes en forma de pila, una encima de la otra, formando en conjunto un bello salto; aquí es el comienzo del río de Somoto o MUSUNCE, el cual en raudo recorrido, pasaba por Santa Teresa, llegando a la finca El Havillal de don Ramón Roque Ruiz, un señor talabartero de profesión y uno de los primeros evangélicos en esta ciudad. Se le llamaba “El Havillal” por la abundancia de este árbol lechoso y de fruto venenoso; ya para la década de 1930 la compró don Juan Benito Briceño Aguilera, y le cambió el nombre por El Erial, con el que todavía se le conoce.

                Ahí por donde hay una gran ceiba, nacía otra vertiente que, uniéndose a la que bajaba de la montaña, descargaba  sus aguas en un acantilado de pura piedra como de tres o más metros de altura, formando el famoso y estruendoso chorro de El Salto, algo magnífico y bello.
Siguiendo su curso, en terreno más plano, como a 300 metros llegaba a otro acantilado más bajo, formando allí el chorro de MUSUNCE como de metro y medio de alto, el balneario preferido de la población en ese entonces; unos metros  más abajo formaba la poza más grande y profunda y de más historia del río MUSUNCE, la famosa Poza Santa, como de dos metros de profundidad, en donde se decía que la iglesia guardaba sus imágenes y tesoros para resguardarlos de la rapiña de los piratas franceses e ingleses.   Se decía que en el fondo de estas pozas habían cuevas que se conectaban con el vecino cerro de Guacahallarán, hoy cerro de la Cruz, debido a que por 1920 una brigada de Jesuitas subió a su cima, porque se afirmaba que miraban fuegos fatuos por la noche, y clavaron una inmensa cruz de madera en su vértice, y desde entonces se le llama Cerro de la Cruz.
                Después de formar la Poza Santa, nuestro río descendía plácidamente siempre al norte, por la propiedad de los González pasando  por la salida de El Zapote y después formar la poza del Tirapiedras, nombre dado en ese entonces, porque decían que allí asustaban Formaba enseguida las pozas del Palo Blanco, El Chilamate, La Sabaneta, que era el lugar preferido de las lavanderas porque era una playa pequeña y de poca profundidad; enseguida en su recorrido, formaba la poza famosa del Michigüiste, de la cual se decía  del visitante que bebía de sus aguas, se quedaba por siempre a vivir en Somoto; esta poza quedaba al pie de un gran Michigüiste, por donde es hoy el puente que va hacia el Instituto  Nacional. Adelante, siguiendo su curso, estaba El Pasito y la Ceiba, que aún está en pie, en donde se formaba un codo de 45 grados para buscar la comunidad de Cacaulí. Por el puente de la salida a Managua recibía el refuerzo de la corriente que bajaba del cerro de Piedra Batea, entrando así con mayor fuerza a formar en Cacaulí la poza de Panamá, al pie de un árbol muy frondoso al que se le conoce también como Guarumo; en  el mismo
recorrido formaba la poza del  Talpetate, para luego vaciar sus aguas en el río Coco, en medio de San Luis y El Limón, en un lugar conocido como La Muyuta.

                Este era el recorrido del río de Somoto o MUSUNCE, de unos diez kilómetros aproximadamente desde su nacimiento hasta su desembocadura.  Es bueno señalar que corría por el lado Este paralelo a la población y que en sus riberas  existían fincas en donde habían mangos, café, coyoles, palo de hule, anonas, chilincocos, cacao, guanábanas y otros; tenía en su fauna silvestre guatuzas, ardillas, tepescuinte, conejos, venados, coyotes y más. En sus aguas encontrábamos filines, canechos y sardinas. La finca más famosa en ese tiempo  era la de don Antolín Talavera en las riberas del río, habían bastantes pozos de agua fresca, dulce y saludable; ya que el agua del casco urbano inexplicablemente es pesada y salobre.
                De la fuente que reforzaba la corriente del río MUSUNCE, antes de llegar a El Salto, o sea donde está la ceiba de El Erial, fue  donde se hizo la galería para dotar por vez primera  en 1957, de agua potable a la ciudad; es bueno reconocer que ha sido, sin lugar a dudas, el agua más sabrosa que hemos consumido por sistema de tubería.
                Es este un breve recorrido por la historia de un hermoso río, que aunque de corta extensión, existió en  nuestro querido Somoto, al cual todos nosotros, generaciones pasadas y presentes, nos hemos confabulado para desaparecerlo con todo y su flora, fauna y vida acuática además de sus bellas aves como la coba, el guardabarranco, el cenzontle, el güis, la urraca, las chorchas, etc., etc.  (Fin)
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miércoles, 26 de agosto de 2015

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martes, 25 de agosto de 2015



NUESTRO PRIMER EQUIPO DE BEISBOL

Como se sabe, el béisbol lo  introdujo a Nicaragua, procedente de los Estados Unidos, el comerciante alemán Adolf Adlesberg y el primer partido se jugó en Bluefields en el año 1889.  Dos años después, jóvenes  granadinos que estudiaban en Estados Unidos lo introdujeron al Pacífico, entre ellos, David Arellano, que fue el primer nicaragüense en jugar béisbol en aquel país, por ende, el primer pinolero practicando ese deporte  en el extranjero.  En esos primeros años se jugaba sin jueces; los fallos los daban los mismos jugadores.  Sólo el receptor y el inicialista tenían guante. Las pelotas eran hechas en casa con hilo, forradas con un baño de  hule, como de capote. 

 En Somoto, el primer organizador de un equipo de béisbol fue el padre Emilio Santiago Chavarría en la década de los años 20 del siglo pasado, con la abierta y decidida colaboración de don Ángel David Ocampos -el recordado Maitro David-, que fue el primer manager en la historia de nuestra pelota.  El equipo se llamó “SANTIAGO”, en honor de nuestro Santo Patrono.
En sus Datos Históricos sobre Somoto, el recordado intelectual Prof. Víctor Manuel Talavera Tercero recuerda: “Un grupo de animosos muchachos integramos el club, dedicando, en toda la medida de nuestras capacidades personales y pecuniarias, a darle vida y sostén al promisorio “team”, del cual yo fui su pitcher constante y a la vez Capitán del equipo”. 
Sigue relatando el Prof. Talavera: “Teófilo Pierrot, Eduardo González, Heberto Pinell, Jacobo Báez, Andrés Vílchez, Agenor Corrales, Octavio Fiallos, Luis Antonio Báez, Felipe Herrera y otros que más adelante se fueron sumando, dimos las grandes batallas beisbolísticas de la época.  Tuvimos encuentros con los de Ocotal, de Estelí, el club de los “marines”, acantonados en esta ciudad,  y, más adelante, con el equipo de la G. N., del comando de Ocotal.”
“De esas cruzadas deportivas  -destaca don Víctor Manuel - se escribieron muchas crónicas que salían publicadas en boletines mimeografiados”.

El buen amigo don Julio Matamoros gustosamente nos brindó algunos datos sobre los primeros integrantes del equipo “SANTIAGO”, entre los cuales recuerda:
Lanzadores: Víctor Manuel Talavera, Antolín Sánchez, Andrés Vílchez y Alberto Espinoza, “Caballón”. Posteriormente se sumó Felipe Santiago Roque Idiáquez.
Como receptores del equipo figuraban Agenor Corrales, “Brinquito”, para sus compañeros;“Papanoy”, para nosotros,  y  Teófilo Pierrot, el popular “Camote”.
El infield lo conformaban: Eduardo González, como inicialista; Antonio Báez, en la intermedia; Rogelio Báez, tercera base y Aníbal Bertrand, campocortista.
Los outfielders eran: Jacobo Báez, en el jardín izquierdo; Eugenio Díaz “Pavón”, en el jardín central y Octavio Fiallos “Huevo Chimbo” era el patrullero derecho del equipo.
Alberto Espinoza, que aparece mencionado entre los lanzadores, ocasionalmente jugaba en el jardín derecho,  y don Julio Matamoros no olvida el choque trepidante que tuvo con el inicialista Eduardo González, cuando ambos perseguían desesperadamente un “texas”.  La esférica continuaba rodando, mientras Espinoza y González quedaban  noqueados como consecuencia del terrible encontronazo.
El amigo Matamoros recuerda con orgullo el partido que lanzó por el equipo “Canónigo Gutiérrez”, de Telpaneca, infligiéndole una derrota al “Comunicaciones”, de Ocotal, club en el cual militaba don Camilo Reyes, progenitor del destacado narrador segoviano Carlos Reyes Sarmiento.